Nuevo libro: Ciudad Basura

ciudad basura

Ciudad Basura es el nuevo libro de Gerardo Codina donde se analiza historia, presente y desafíos de la recolección de basura porteña. Un tema candente de la agenda pública pues se agota el tiempo de los rellenos sanitarios inaugurados por la dictadura militar. Entre tanto, las metas de la Ley de Basura Cero están lejos de cumplirse.

 

Para cuando el libro Ciudad Basura lleve unas cuantas semanas en las calles, la Ciudad vivirá un nuevo cambio en lo que se refiere a higiene: los contendores plásticos, esos armatostes negros y verdes desperdigados azarosos entre bicisendas y veredas serán relegados por “campanas” de esquina. Un cambio más y van.

¿Qué hay detrás de ese y cada uno de los movimientos en el complejo mapa de la higiene urbana? Codina en su investigación repasa fechas, leyes y experiencias. Sin embargo, no hay nada como tomar de punto de partida al propio barrio; en el caso de Codina, Balvanera y su variopinto Once.

Así lo hace saber en la introducción de Ciudad Basura: “Me acostumbré a caminar por calles repletas de basuras, restos de una caótica actividad comercial, que invade veredas y calles, día y noche”. Entre los recambios de contendores, los conflictos por la recolección y reducción de basura llegó el disparador de esta investigación: “Así las cosas, sucedió algo que parecía imposible: el barrio está más sucio y además, huele mal”.

La historia de la Ciudad está escrita no sólo con nombres de patriotas, cafés notables y paseos históricos. Lo cotidiano de hábitos y costumbres también son un trazo que nos define como miembros de una misma comunidad.

Compartir este puñado de actitudes es uno de los ejes investigados por Codina, con mucho peso en el presente: “Desde la quema de basura hasta la recolección diferenciada, todo tiene que ver con un cambio cultural, eso parte desde casa”.

“La ciudad fue testigo de un viraje completo. En la época de la dictadura hubo cambio brusco donde se dejó de sacar la basura en tacho y se pasó a la bolsa, de 20 a 21. Se dejó de quemar la basura en los edificios, que antes tenían incinerador interno, lo que causaba hollín y humo en las calles. La gente aceptó el cambio, hay algunos que ya ni se acuerdan ese tiempo. Los cambios son consecuencia de concientización sostenida en el tiempo”, suma.

En este sentido, en una época en que los porteños nos acostumbramos a pagar por las bolsas en los supermercados y llevarlas de diferentes colores para la diferenciación aún sin resultados a la vista, Codina resalta experiencias para hacer posible este cambio: “La cooperativa El Ceibo de Palermo formó promotores ambientales, hecha por cartoneros que se formaron para explicar a los vecinos cómo ayudarlos a separar los residuos”.

“Hubo 1500 vecinos que respondieron y los ayudan, eso representó que no tuvieran que revolver las bolsas”, comenta y rescata: “Hay que prestarle atención a estas iniciativas, se hicieron acá y funcionaron. Si el Estado acompaña estos esfuerzos habría mejores resultados”.

Además, también está la larga pausa a la acción comunal. “El gobierno ha negado que las Juntas Comunales tengan capacidad de supervisión, es una macana porque quedan afuera los comuneros y los Consejos Consultivos (integrados por vecinos) y la supervisión la terminan haciendo inspectores de la CEAMSE (Coordinadora Ecológica Área Metropolitana)”, contrasta el autor.

Eso en cuanto al rol del ciudadano. ¿Qué pasa en los despachos gubernamentales? Codina introduce al respecto: “Desde que asumió en 2007, Mauricio Macri tenía un cronograma marcado por la Ley 1.854 de la Ciudad de Buenos Aires, que establecía metas de reducción de la cantidad de basura que los porteños hacemos enterrar en los rellenos sanitarios de CEAMSE (empresa conjunta de la Ciudad y Provincia que entierra residuos en el Conurbano). Ese cronograma no se cumplió. Ahora enviamos un 50 por ciento más de basura que 2006, dos millones cien mil toneladas al año cuando deberíamos haber remitido 700 mil.

“Hay una inercia de cómo viene funcionando la cosa desde hace tiempo, la cuestión es encontrar formas de hacer las cosas. Hay experiencias acá y eso tiene que enriquecer el debate”, asegura Codina, quien resalta los ejemplos criollos.

“Un ejemplo de las opciones posibles lo evidencia la iniciativa de la región platense ante el agotamiento del relleno de Punta Lara. Allí planifican una planta que procese las diferentes tipos de residuos y dejar de enterrarlos. Un camino que la propia Ciudad de Buenos Aires puede recorrer para hacerse cargo de la basura que genera y dejar de tirarla en el patio de los vecinos”, comenta en las páginas de su investigación al respecto en el apartado “las alternativas después de la CEAMSE”.

“Encontremos formas de hacer las cosas mejor. No es problema de un partido político, sino de cómo vivimos nuestra ciudad, cómo la podemos disfrutar. El derecho a una ciudad adecuada, sin joderle la vida a nuestros vecinos. Encontrar entre todos las soluciones. El libro no propone una receta, no soy una autoridad en la materia, pero cuenta que encontré que en otros lugares hicieron cosas, tomaron iniciativas para reducir el problema. El tema es grande para discutirlo en serio. Por ahí no se encuentra de golpe la respuesta, sino probando alternativas”, concluye tras su investigación para Ciudad Basura, que se presentará el jueves 18 de abril en la Sala Juan L. Ortiz de la Biblioteca Nacional, Agüero 2502, a las 19 horas.

Cada noche, en cada casa de cada barrio miles de vecinos sacan los residuos a la calle. El camino que recorren luego está Ciudad Basura, trampolín para repensar soluciones en cuanto a la higiene en el aquí y ahora porteño.

 


Haciendo historia

Aunque se pueden rastrear prácticas y normativas a lo largo de todo el periodo colonial, es en 1803, siete años antes de la Revolución de Mayo, que aparece la primera evidencia de un sistema organizado de recolección de residuos. En esa fecha se promulga “un Reglamento de Limpieza, que compila todas la serie de normas sancionadas en etapas anteriores, y que dispone que el servicio de recolección se realice a través de seis carros tirados a caballo, cada uno de los cuales contaría con dos peones para levantar y acarrear la basura. Los vecinos debían juntar los desperdicios y sacarlos de sus casas en “tipas o cueros” para que fueran cargados en dichos carros.”

“En el mismo reglamento se obliga a los artesanos y panaderos a sacar los residuos de sus locales al menos una vez a la semana. Luego del recorrido, los carros debían trasladar la basura hasta el “bajo de la residencia” (Paseo Colón y Humberto Primo) aunque en rigor la mayor cantidad de desechos que provenían de los hogares, de las calles, curtiembres y mataderos, continuaban siendo arrojados en los ‘huecos’ o a los zanjones de Matorras y Rivera1  no encontrándose otro método alternativo de tratamiento y disposición de los desechos.”

Esta estrategia frente a la basura persistió más de medio siglo. Pero los cambios demográficos, políticos y urbanos de la ciudad impusieron una modificación. Sin que mediara una definición de las autoridades municipales de entonces, el volcado de los residuos y su quema a cielo abierto empezó a concentrarse en una zona de bañados próxima al Riachuelo y alejada del casco urbano. Dicen los autores citados: “la ‘Quema’ empezó a funcionar ‘de hecho’ a mediados de 1860, hasta que en 1873 se inauguró formalmente (…) Se trataba de un terreno de grandes dimensiones ubicado entre las calles Amancio Alcorta, Zavaleta, Cachi y el Riachuelo, al cual llegaban todos los residuos domiciliarios y de barrido que generaba la Ciudad.”

“Dado el fuerte incremento en el volumen de residuos, desde 1861 la Municipalidad comenzó a hacer contratos con “empresarios” para que trataran la basura que recogían los carros de limpieza. El concesionario debía realizar la ‘quema’2, luego de ‘separar’ todo aquello que pudiera ser comercializable: muebles, botellas, metales, vidrios, huesos, trapos, papel, etc.”

“Entre 1861 y fin de siglo dicha tarea estuvo a cargo de diferentes concesionarios, hasta que perdió efectividad porque bajaron considerablemente los residuos recolectados. (…) Es que por esa etapa se incrementó el número de personas que caminaban por la ciudad, hurgando en los cajones de residuos para levantar desechos comercializables. Eran conocidos como los “rebuscadores de residuos” y comenzaron a ser perseguidos por las autoridades públicas.”

La extensa cita sirve para consignar dos datos. La estrategia de reciclar los residuos con valor económico y la existencia de personas que realizaban informalmente esta tarea, ya se encontraban presentes en Buenos Aires ciento cincuenta años atrás.”

 

(1) En estos zanjones se disponían los desechos por una antigua disposición del Virrey Vértiz, para que fueran arrastrados por las aguas de las lluvias hacia el río.

(2) Las cenizas producidas por este método se utilizaban para rellenar calles, zanjas y pantanos, relatan Paiva y Perelman.

Extractado del capítulo “La historia de Buenos Aires desde la basura”, del libro Ciudad Basura de Gerardo Codina.

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